viernes, 1 de agosto de 2025

De la entrevista, al ghosteo!

Hoy estoy triste. No hay una forma graciosa de decirlo ni algún eufemismo que me ayude a suavizar este sentimiento.

El 30 de junio entré oficialmente en las estadísticas de desempleo en el Ecuador, principalmente porque el cierre de fondos de cooperación desde Estados Unidos obligó a muchas organizaciones de la sociedad civil a cerrar sus proyectos y, en algunos casos, a cerrar sus puertas. Sin embargo, desde febrero mi vinculación ya era de medio tiempo y, evidentemente, con medio salario; pero los gastos del hogar siguen siendo al 100%.

Desde entonces he enviado hojas de vida como si repartiera volantes de una picantería en una esquina del centro histórico. La verdad, ya perdí la cuenta de cuántos correos he enviado y cuántas cartas de motivación he firmado. El número de entrevistas a las que he sido convocada se cuenta con los dedos de las manos; los agradecimientos después de ellas no llegan ni a la mitad. Creo que el ghosting más feo que he enfrentado ha sido el de algunos reclutadores.

Uno de esos procesos —el único— avanzó mucho. Llegamos a la fase de referencias, y la gente tan linda con la que he trabajado estuvo dispuesta a mentir y hablar muy generosamente de mí. De verdad sentí mucha fe, estaba completamente motivada y convencida de que esta vez sí se daría. No pasó. El lunes me enviaron un correo agradeciéndome por participar y diciéndome que continúe postulando a los distintos procesos de la organización.

Lloré. Lloré mucho.

Sentí que mi perfil no es suficiente, que todos estos años de estudiar, trabajar y comprometerme a fondo con todo lo que emprendo no alcanzan. Sentí que ya no tiene sentido seguir enviando hojas de vida, porque contratarme, aparentemente, se siente como un favor que me hacen y no como que yo tengo mucho que ofrecer. 

Quisiera cerrar este post con palabras de aliento, diciendo que valoro todo lo demás que tengo y, aunque es cierto, no se siente como un consuelo. Hoy me voy a desanimar, voy a desahogarme con este post y seguiré intentando hasta que algo salga o me logre reinventar. Rendirme no es una opción. 

sábado, 5 de abril de 2025

Mis tres sueños cumplidos


Desde hace un tiempo, aprovecho los momentos con mis hijos para hacernos preguntas de todo tipo. Algunas son triviales, como cuál es su color o canción favorita, y otras más profundas, como cuál es su mayor anhelo o qué lo motivaría a hacer un "expecto patronum".

Un día, uno de mis hijos me preguntó cuáles eran mis tres sueños cumplidos. Luego de pensarlo un rato, se me ocurrió que el primero fue haber ido a Disney y disfrutar del cierre del parque con los juegos pirotécnicos. Eso fue hace 20 años, cuando era muy jovencita y hacía mi primer viaje fuera del país, así que lo recuerdo con mucha emoción.

Mi segundo sueño cumplido también fue un viaje, pero esta vez un poco más lejos: París. Cenar a orillas del río Sena, mirando la Torre Eiffel en nuestra tardía luna de miel, comiendo croissants de chocolate y nutella en cantidades bíblicas. Ese viaje por Europa fue toda una aventura para un par de jóvenes enamorados. (Sí, soy súper cursi, lo sé).

Cuando respondí cuál era mi tercer sueño cumplido, lo hice tan espontáneamente que incluso me sorprendí. Le dije que mi sueño era ser mamá de dos niños maravillosos. No puedo describir el brillo en sus ojos cuando me escuchó decirlo. Solo me respondió que estaba feliz de que todos mis sueños se hubieran hecho realidad.

Para mí fue extraño darle esa respuesta, sin pensarlo mucho, porque por muchos años me había enfocado en mi trabajo. Me encanta trabajar, estudiar, destacarme profesionalmente y tener libertad financiera. Sin embargo, balancear la vida profesional con la maternidad puede ser todo un reto; siempre se sacrifica algo en el camino, y ese algo, a veces, es nuestra salud mental y física.

Actualmente, tengo el privilegio de trabajar desde casa y de buscar otras alternativas laborales en las mismas condiciones. Mientras lo consigo, tengo la posibilidad de recibir a mis hijos cuando llegan de la escuela, descifrar en sus rostros cómo estuvo su día, escuchar los dramas acontecidos y repetirles —hasta que se harten— que los amo con toda mi alma y que soy muy feliz de ser su mamá.

lunes, 25 de octubre de 2021

¿No será hambre?

Hace unos días vi un meme que me recordó a un episodio que viví hace como cinco años y es una historia que todavía me sonroja cada vez que la cuento.

Varios meses después de que nació mi hijo, empecé a sentir un dolor en el abdomen, primero pensé que era gastritis y que la mejor alternativa era desayunar contundentemente. Entonces comí arroz con carne al jugo con huevo frito encima y un batido de oreo para balancear la comida.

El dolor no pasaba y se me ocurrió que podía ser cólico, por lo que llamé a mi doctor y le expuse mis síntomas. Me dijo que lo que le contaba no cuadraba nada con mi autodiagnóstico y que lo mejor era ir a emergencias. No estaba convencida. 

La cuestión es que cuando intenté incorporarme y no pude, me di cuenta que algo iba mal y decidí que iría al hospital "un ratito". Me fui sola y en taxi porque estaba segura que era algo sencillo y que estaría de vuelta enseguida. 

Cuando llegué, tuve que exponer mi caso, incluyendo el detalle de mi desayuno, a la enfermera de triaje, al emergenciólogo, al interno de cirugía, al cirujano y a la anestesióloga, porque resulta que tenía apendicitis y tenían que operarme peeeeero no podían porque había comido como hipopótamo. ¡Tuvieron que esperar cerca de 6 horas para poder ingresarme a quirófano! 

Sobra decir que tuve que esperar como una semana para poder retomar mi dieta habitual.

Si se preguntan cuál es el meme que vi, es este:

lunes, 9 de noviembre de 2020

Quién es la man del espejo y por qué me mira así?

Creo que varias veces les he contado que ya no reconozco a la mujer que se refleja en el espejo. Esa persona despeinada, mirada cansada, cutis maltratado y que llora más seguido de lo que quisiera reconocer. 


Facebook me recuerda, como quien pone sal en la herida, los logros que conseguía profesionalmente hace 5 años cuando viajé a España para posicionar el proyecto de foto, las entrevistas y los cinco minutos de fama mientras terminaba de hacer mi maestría. A los casi 30 me sentía bonita y próspera, como en la película. 

Hoy, tengo que hacer cálculos con el celular porque la neurona no me permite procesar demasiada información. Si voy al super, es muy probable que me olvide de llevar la lista que escribí durante tres días. Empiezo a leer un libro y es posible que me demore dos meses en terminarlo porque llega la noche y no puedo retener ni las dos primeras oraciones que leo. 

Mi cuerpo también ha pagado el precio de dos embarazos y algunos kilos extra (sumados a los de la cuarentena). Hay días en los que me choco contra el reloj y digo "ni modo, mañana me baño", "hoy no troté, ni modo, me comeré estas yuquitas fritas", "estoy al borde del colapso, mejor horneo galletitas y pan de yuca". 


No me arrepiento de ser mamá, no me arrepiento del amor que recibo cada día con abrazos y besos babosos. Ustedes no se imaginan lo hermoso que se siente que una mano chiquita apriete la tuya para dormir, para cruzar la calle, para ahuyentar los monstruos y para consolarme. La Emy no puede ver a alguien llorar sin cantarle "No puedo verte triste, porque me mata, tu carita de pena, mi dulce amor..."

Solo que extraño mi vida, tener un espacio para mí, depilarme, maquillarme, bañarme. Caminar y robarme las miradas por guapa y no porque tengo manchas de sopa o helado encima. Poder tener una conversación con alguien sin que hayan llantos y berrinches porque no les presto atención. 

Sé que van a crecer y que harán su vida sin mí, que serán independientes y que tomarán sus propias decisiones. Solamente espero que para entonces, todavía funcione mi cerebro y todavía me reste un poco de energía como para retomar MI vida. Lo único que sé es  que si todavía conservo algo de cordura es porque tengo a mi lado a un compañero maravilloso que me tiene más fe de la que yo podría. 


Espero que solo sea el cansancio el que está hablando pero siento que no soy la única que se siente así, que ama a sus hijos pero no dudaría en mandarles a China por una semanita!

domingo, 6 de septiembre de 2020

No son nuevos retos, son nuevos aprendizajes

Hasta hace unos meses, me había etiquetado como una persona "negada para la cocina", no solo estaba segura que no sabía cocinar sino que me parecía aburrido. Sin embargo, la cuarentena nos obligó a replantear muchas cosas, entre esas, la cantidad dinero que se puede gastar cuando uno come fuera o pide comida a domicilio. 

En marzo de este año, me encontré frente a frente con la cocina y tuvimos que empezar a conocernos y a hacernos amigas. Al principio, siempre estaba con el celular mirando videos con recetas tan básicas como el arroz, el refrito o la crema de espinaca. Saqué del fondo del cajón mis tazas y cucharas medidoras porque tenía que seguir el proceso al pie de la letra. 

En más de una ocasión se me pasó la cocción, me faltó sal, se me secó la carne o me olvidé de un ingrediente y así... Llevar el plato a mis comensales era como si estuviera en reto de eliminación de Master Chef. 


Poco a poco le fui perdiendo el miedo, poco a poco fue escogiendo la sazón, reemplazando productos por los que estaban a punto de caducar. Debo confesar que todavía no me siento del todo confiada y tengo muchas recetas escritas para que no me falle nada pero ya sé algunos truquitos, ya sé cómo salvar una merienda sin pedir a domicilio o recurrir al (buen) atún. 


La cuarentena ha sido un tiempo de (re) conocimiento y crecimiento personal, de nuevos aprendizajes, de soltar el control y entender que no siempre todo nos sale perfecto. Así que, una vez vencido el miedo a incendiar la casa, he podido disfrutar de los nuevos aromas y sabores, de nuevas recetas que vienen de las abuelitas y de las amigas, decir "te quiero mucho" con una empanada o un emborrajado y lo que más he amado en este tiempo es preparar golosinas con mis peques y luego escucharles decir: "mami, esto me gustó muchísimo, tenemos que hacer de nuevo". 


No sabemos cuánto tiempo más dure la pandemia pero la espera no es tan mala cuando estás rodeado de tus seres amados. 

miércoles, 13 de mayo de 2020

Historias de cuarentena - Capítulo 3

Hoy ha sido un día extraño para mí. Me fui de llanto en media reunión de padres de familia por Google Meet (sí, lágrima, moco y baba en HD). Cuando empecé a hablar de cómo veo a mi hijo en las clases y lo duro que resulta pedirle que se siente en el computador y ponga atención, las lágrimas brotaron a borbotones.

Terminé mi intervención como pude y desactivé video y micrófono porque sentí mucha vergüenza y coraje conmigo al no poder contener mis emociones en una reunión de adultos que apenas conozco. Luego me disculpé por perder la compostura y traté de seguir la reunión como si nada (claro, como si eso fuera posible).

Creo que no me había dado cuenta de lo agotada que estoy, de lo frustrante que puede ser el homeschooling cuando la vocación no te da para eso, de lo abrumador que resulta tener llantos y peleas de dos pequeños todo el día: quiero ver Peppa, quiero teta pero hecha por ti y no por papá, la Emy me mordió, el Juanjo me quitó el caramelo y así 24 horas, 7 días a la semana por dos meses consecutivos.

Afortunadamente, estos días estamos compartiendo la cuarentena con mis papis quienes, junto con el hubby, supieron burlarse de mí vergüenza y hacerme reír durante el resto de la tarde. Nos tomamos una copa, jugamos jenga, comimos golosinas y cogimos impulso para un nuevo día.

Lo más hermoso de todo es que mis pequeños me cubrieron de besos, me dijeron que me aman y la vida tomó otro color. Para cerrar la noche, el Juanjo me dijo: “Mami, me gusta que haya coronavirus”, evidentemente, le pregunté por qué y su respuesta me caló profundamente: “Porque he podido estar mucho tiempo con ustedes, lo único que quiero cuando se acabe es irme al parque y a patinar en hielo”.

Mientras hay días en los que yo quiero botarlos por la ventana, ellos disfrutan teniendo todos los días a sus papitos. Creo que tengo mucho que aprender de mis pequeños diablitos... Pero eso sí, no pienso asomarme a las reuniones de padres de familia en un bueeeeen tiempo. 

sábado, 2 de mayo de 2020

Historias de cuarentena - Capítulo 2

Seguramente alguno de ustedes escuchó aquello de que "la ciudad más limpia no es la que más se barre sino la que menos se ensucia". Si llevamos esta premisa a nuestra casa, no calificaría como limpia porque mientras barremos por tercera vez el comedor, ya tenemos que volver a aspirar el dormitorio y limpar el yogurt que se regó en la sala.

Tengo la teoría de que nuestros hijos tienen miedo de perderse en el depar y van dejando migas por todo lado para poder llegar de nuevo a las golosinas. Los he visto regar el hielo en el piso y comer de ahí, al principio eso me preocupaba pero ahora pienso que es una forma de fortalecer sus defensas y generar anticuerpos.

En estos tiempos de caos, aprovechamos el feriado para lavar las cortinas (las huellas de galletas Oreo no combinan) y mientras empezamos a colgarlas de nuevo, nuestros hijos aprovecharon para bailar el jarabe tapatío en una de ellas. Lo que en un momento era un par de cortinas blancas y limpias, pasó a convertirse en flecos plomos y desastrosos; es como si un gato montés hubiera querido huir de mis hijos y se hubiera trepado en las cortinas (no podría culpar al gato por intentar salvar su vida).

En ese momento, con una profunda frustración encima, me acordé que cuando éramos pequeños y algo estaba viejito, nos decía que es mejor que se vea el cosido y no el roto. Entonces, me puse a buscar mi caja de galletas, más conocida como "costurero", donde guardo 2 hilos, 2 agujas, un botón y una tijera. Sin tener idea de cómo empezar (aunque en la escuela tuve clases de costura por 3 años o más) me puse manos a la obra.

Cinco minutos después, pensé que mis papás perdieron plata cuando invirtieron en mi educación y que, seguramente, mi mamá preferiría el roto a mi cosido. Mi esposo, viendo esa obra (y como sabe llegarme al corazón), me dijo "tranquila, mi amor, al menos tú tienes la mínima noción de lo que es coser. Yo ni eso". (Consuelo de bobos, será).

Mi Juanjo, como es un caballero andante (cuando quiere) me dijo: "Gracias, mamita por arreglarme la cortina. Para que no te canses, otro día coses lo que falta". Y yo: "Cómo que lo que falta!". Resulta que soy tan enana que no vi que todavía quedaban tres arañazos más en la esquina de arriba de la cortina... pero ese será problema de la Ani del futuro, hoy voy a aprovechar el silencio de la casa para poder recargar baterías para la batalla de mañana.

miércoles, 29 de abril de 2020

Jugando a la escuelita en casa

La cuarentena ha significado muchos cambios en nuestra vida cotidiana. Para quienes tenemos hijos, la suspensión de clases lleva consigo el tener a los niños a tiempo completo en la casa y, además, con la misión de jugar a la escuelita, el teletrabajo (para quienes todavía tienen la suerte de conservar su empleo) y también atender todos los quehaceres del hogar. 

Como saben, nosotros tenemos dos pequeños diablillos de 4 y 2 años, lo cual equivale - más o menos - a tener una licuadora con la tapa abierta durante 24 horas y los 7 días de la semana. Ya desde hace algún tiempo dejamos de contar los días de confinamiento y solo contamos los días por las veces que comemos. (Agradecemos mucho al cielo que no nos falta comida en la mesa)

En fin, una vez que decretaron que no habría regreso a clases, las clases virtuales dejaron de ser una opción y pasaron a ser una obligación tanto para el J como para mí porque él todavía necesita ayuda para manejar las plataformas virtuales.  Si bien es una hora diaria, dividida en dos clases de 30 minutos (sí, no parece mucho pero es un montón!), esto implica que debo poner pausa a la limpieza, a la comida y a la Emilia (¿?) para sentarnos frente a la computadora y tratar de atender a clases, entendernos entre interrupciones de los pequeños o de la tecnología y procurar seguir con el proceso. 


Debo confesar que para mí resulta sumamente estresante todo esto. Primero porque mi hijo tiene pulgas en el poto! Se mueve hasta caerse de la silla, se distrae a cada minuto, responde cualquier cosa  solo para molestar y, así, una larga lista de etcéteras. Yo, tras bastidores (empijamada todavía), muero de angustia y me siento tentada a soplarle las respuestas o darle haciendo las actividades porque... "qué vayan a decir". (Seguro dirán que es un niño de 4 años y que su comportamiento es NORMAL, no como el mío).


Luego de las clases en línea viene el segundo tormento mutuo porque tenemos que trabajar juntos en las actividades de refuerzo. Me preparo psicológicamente para eso, hago ejercicios de respiración y empiezo siendo un pan de azúcar, "mi vida, vamos a hacer un circulito con el color que tú elijas", "por favor, esta vez trata de coger bien el lápiz y no salirte de las líneas" pero termino sacando la Hitler que hay en mí, levantando la voz y diciendo cosas como "pero cuántas veces te tengo que decir"; lo cual viene seguido de un irremediable sentimiento de culpa.

Todo esto me lleva a aumentar mi profunda admiración por los guaguas y su infinita capacidad para adaptarse a los cambios, para siempre verle el lado amable a la vida y contentarse con pequeñas cosas cotidianas. Valoro mucho la paciencia, la dedicación y el cariño que le ponen los profes a esta situación, no debe ser fácil preparar una clase para niños tan chiquitos, hacer malabares para mantener su atención y luego, tener que lidiar con nosotros.

(Profe del Juanjo, si alguna vez me lees... Gracias por todo lo que haces, esta familia te quiere mucho!). 

Estoy segura que esto pasará, espero que la experiencia del homeschooling no sea tan traumática para mis pequeños. Confío que cuando sean grandes y podamos conversar de esto, tengan bonitos recuerdos de esta difícil época, por ahora, mis pequeños se han ganado el "diploma oruga" por brindarnos cada día el empuje para seguir adelante.

Papitos y mamitas, sigamos poniéndole ganas! Reciban de mi parte un fuerte abrazo solidario! 

miércoles, 18 de marzo de 2020

Historias de cuarentena - Capítulo 1

Esto de la cuarentena nos golpea a todos y con dos pequeños demonios, cada día hay una nueva historia que contar.

Pongamos las cosas en contexto, yo soy una mamá de tiempo completo pero, por lo general, tengo ayudas externas: el enano va a la escuelita, una señora (muy querida) nos ayuda con en la casa y, los abuelitos de mis gordos son super acolitadores. En tiempo de cuarentena, toda la ayuda foránea desaparece!

Papá, por otro lado, tiene que seguir trabajando. Aunque lo hace desde casa y eso ayuda en las crisis, yo debo controlar a los pequeños para que no lo alboroten mientras está atendiendo reuniones virtuales. No sería bien visto que sus colegas oigan gritos de "No le pegues a tu hermana!", "Bájate de ahí, te vas a caer del mesón!", "Por favor, no lamas el piso" y una serie de etcéteras.

Hemos hecho una rutina diaria: levantarnos, desayunar, hacer actividades manuales con goma, pinturas y demás cosas que generan desastres, comer fruta, seguir jugando, almorzar, hacer una actividad en la cocina (engordaremos, lo sé), ver una hora de tele (debo confesar que es mi actividad favorita), bañarnos, cenar y dormir.

Hoy hicimos manualidades, como siempre, y luego intenté limpiar un poco la casa. El Jota me dijo que se iba a lavar los dientes y le pedí que me ayude lavándole también a su hermana. Ambos se fueron a jugar al baño y permanecieron ahí por más de 10 minutos. Fue hermoso y escalofriante. Desde el pasillo podía oír su risa y el agua correr y, aunque estaba inquieta, aproveché para seguir peroleando; luego le pedí al papá que fuera a espiar y regresó sin novedades.

Pude terminar de trapear, lo cual ya era una victoria. Pero la alegría del pobre dura poco. De pronto, escuché un grito desesperado de "Mamaaaaaaaaaá" que rompió toda la calma. Corrí a toda velocidad y me encontré un cuadro de terror:

- Emilia con una mezcla de risa y llanto, metida en el lavabo del baño (solo Dios sabe cómo llegó ahí) y con el agua (fría) corriendo. Mojada de pies a cabeza, con zapatos incluidos!
- Juan José muerto de risa, con la camiseta mojada. (Más bien, hecho sopa!)

Cuando pregunté qué pasó, el Jota me dijo que le quería bañar a la ñañita. Y la Emilia solo me dijo, "mami, achachay". Supe que no tendría más información ni más remedio, agarré los dos paquetes, los llevé a la cama, quité la ropa, envolví como tamalitos en las cobijas hasta ver nueva ropa y a trapear el piso.

Luego me arrepentí por no haber capturado el momento con la cámara pero me ganó la angustia y la necesidad de quitarles todo lo mojado. Debo confesar que a veces me vuelvo loca con estas travesuras pero amo la complicidad que comparten este par y confío que mantengan este vínculo por siempre.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Proceso de entrenamiento: Mamá de tiempo completo

Cuando inicié este blog, pensé que escribía para ustedes y me fijaba tanto en las estadísticas. No obstante, desde hace algún tiempo atrás, se ha convertido en un espacio para ordenar mis ideas y dejarlas volar, desamarrar los nudos en la garganta y liberarme de cargas innecesarias.

Han sido algunos meses de una lucha interna muy fuerte, desde el embarazo, las hormonas me jugaron en contra. Hay días buenos en los puedo reírme hasta que duele la panza y vuelve a salir el sol pero hay otros en que la depresión intenta ganar la batalla. Sin duda, me carcomía la idea de volver a trabajar tiempo completo y reducir a dos horas diarias el tiempo con mis gorditos.

Eso sí, ser mamá lactante y trabajadora es jodido. Si bien mi jornada era de 6 horas, la carga de trabajo se mantuvo intacta solo que yo tenía dos horas menos para resolverla (A veces, no podía ni levantarme al baño!). Todo esto, acompañado de comentarios como "ya tuviste 3 meses de vacaciones, encima quieres medio tiempo", "ya te has de ir a dormir al lactario", "qué rica vida la tuya, nosotros sí trabajamos" y la perla mayúscula "desde ahora solo vamos a contratar hombres".

En fin, estábamos a pocas semanas del fin de mi licencia y todavía no había tomado una decisión. Tenía miedo, coraje, pena, estaba totalmente perdida. Por un lado, el hubby me pedía que acompañe a mis pequeños en esta etapa para guiarles y compartir con ellos. Por el otro lado, estaba mi deseo de crecer profesionalmente en un ambiente ya me resultaba conocido.


Luego de muchas noches de insomnio, el 2 de septiembre presenté mi renuncia voluntaria e irrevocable para emprender el proyecto más importante de mi vida: cuidar y ver crecer a mis hijos. Con cada actitud que he enfrentado, estoy más convencida que fue la mejor decisión!


Uno de los momentos más dulces y especiales fue cuando le recogí a mi gordo del recorrido en la tarde, no puedo describir su carita. Me vio y con la mirada iluminada empezó a saltar y gritar: "Es mi mami! Es mi mami! Estoy taaaan emocionado!" y luego se bajó y se colgó de mí como un monito capuchino.

Estoy aprendiendo a ser mamá de tiempo completo, estoy aprendiendo a lidiar con el síndrome de abstinencia de correos, mensajes, llamadas, y demás. Sin embargo, todo se compensa con un montón de besos babosos, golosinas que preparamos en minga, abrazos de oso que llegan sin pedir, muchos mimos de mi hubby y todo el amor de mis papis que me consienten y no me dejan desmayar jamás.

Con todo eso, si alguna vez se me nublan los ojos, mi chiquito me toma de la mano y me dice: "Mami, no estés triste. Yo te cuido". Y yo... me vuelvo invencible.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Felices 32!!!

Estoy a puertas de cumplir 32 años y aunque este año no habrá una gran fiesta porque esos tiempos quedaron atrás, sí tengo que reconocer que hay muchos motivos para celebrar. 

Empecemos por mí. Todos los días las estrías en la panza y la lucha por entrar en los jeans, me recuerdan que este cuerpo ha tenido la fortaleza y la bendición de traer al mundo a dos niños sanos y maravillosos. Qué más da que mi talla sea la misma de mi edad! 

Yo me veo en el espejo y señalo las manchas en la cara, las ojeras bien marcadas y la calvicie que me ha producido la lactancia; sin embargo, hay unos ojos enamorados que me miran y me dicen: “Estás hermosa”. Se me estremece el corazón. 

Nos hemos ido quedando solos en el proceso, hemos perdido interacción con adultos sin hijos, hemos reservado nuestros fines de semana para parques y centros de juegos. Ahora son pocos los amigos que nos quedan pero son de esos que valen la pena, que no tienen miedo de abrazar, que no juzgan, que quitan los miedos, que nos hacen reír de nosotros mismos. Esos de los buenos!

Y como uno vuelve al lugar en que más amó y más le amaron, hemos vuelto a compartir tiempo con la familia. Ya “viejota” y sigo necesitando los abrazos de papá y mamá que curan todo, pidiendo su consejo porque ellos de ya vivieron lo que nosotros estamos aprendiendo y contando con el apoyo constante de esa familia que no es política sino ya es propia. 

En 32 años he tenido tantas bendiciones: salud para disfrutar de esos besos babosos, de esas risas sin dientes, de una cena silenciosa cuando los niños duermen; paz porque mis hijos son cuidados y mimados por sus abuelos (y quien fue mi nana); amistades llenas de complicidad y cariño.

Hay mucho por aprender, hay mucho por recorrer así que vengan otros 32 más!

jueves, 30 de agosto de 2018

El milagro de la vida

El nacimiento de Juan José tuvo un lado A y un lado B porque fue largo y doloroso. María Emilia, en cambio, apenas y me dio tiempo a quejarme. Luego de varias amenazas, ella decidió que se impondría desde el día de su nacimiento.

El día que me iban a inducir el parto, nos levantamos y nos encomendamos a Dios, nos preparamos, llevamos a Juan José a la guardería y fuimos al hospital. El médico me había mandado a tomar una pastilla que facilitaría las cosas y yo seguí las instrucciones al pie de la letra.

Nos instalamos en la habitación a ver el partido Polonia - Senegal, intercambiando comentarios respecto al fracaso de la "polla mundialista" y pidiendo a mi mami que traiga algo de comida de contrabando. Con el pasar del tiempo, empezaron las molestias y las contracciones pero como no era mi primer bebé, pensé que esto sería más fácil y menos doloroso. (Spoiler alert: No lo fue!)

A medio día, empecé a darme de botes en la habitación porque el dolor se volvió más intenso. Recordé todos esos videos de mujeres que empiezan a bailar mientras están en labor de parto pero yo no podía ni levantarme, así que las odié. Pasada la 1 de la tarde sentí que me llevaba la huesuda! Los doctores aseguraban que todavía no era tiempo y que deberíamos esperar unas horas. (Spoiler alert: Ya era tiempo!)

La cosa es que me iban a hacer el favor de ponerme la anestesia para quitarme el sufrimiento pero María Emilia tenía otros planes y decidió empezar su nacimiento en el ascensor, por ahí entre el segundo piso y la planta baja. Al darse cuenta de eso, se desató el caos: el conductor de la camilla iba atropellando a cuanta persona se le cruzaba para poder llegar a la sala de partos, los médicos gritaban y el papá que corría detrás casi se atrasa al alumbramiento porque tenía que cambiarse de ropa.

Desde mi perspectiva (acostada en la camilla) todo era una locura: los gritos, las bruscas maniobras del camillero, la furia desatada de mi esposo, la ausencia de mi médico de cabecera y yo tratando de contener a María Emilia para que no nazca en frente de todo el mundo.

Afortunadamente, la contuve lo necesario para que su papá pueda verla nacer y tomarla en brazos para amarla toda la vida. Desde ese día de junio nuestra familia, al fin, estuvo completa.



Nuevos miedos y un poco de culpa

Mi segundo embarazo ha sido un torbellino de emociones, esto se remonta al día en que recibí los resultados de la prueba de embarazo. No esperábamos esa noticia por temas laborales, familiares y personales. En fin, creía que no era el mejor momento. Inmediatamente, comencé a mortificarme por pensar así.

Todo el proceso fue durísimo porque tuve muchos estragos, tenía que atender a mi hijo de un año y poco quien todavía quería que mami le haga “upa”, esto terminó con mami hospitalizada un par de ocasiones. Recuerdo que estaba cansada todo el tiempo, no quería salir ni socializar, tampoco organicé el baby shower de María Emilia porque me ganó la fatiga, dejamos la decoración del cuarto para última hora y eran muy pocos los espacios que tenía para hablar con ella en mi pancita.

Juan José, por otro lado, empezó a sentir las consecuencias del cansancio y ansiedad de sus papis. A saltos y brincos ingresó a la guardería (antes de lo que habíamos planificado) para que tenga oportunidad de socializar con otros niños antes de la llegada de su hermanita. Le costó mucho adaptarse porque pasó de ser el “centro del universo”, mimado y consentido por todos, a ser un niño más de la lista.

Lastimosamente, mi pequeña se nos enfermó al mes de nacida y tuvimos que estar unos días en el hospital, al parecer, Juan José le había contagiado el resfriado y teníamos que mantenerlos separados. Él enfrentó un nuevo cambio, salió de la guardería y empezó a pasar el día entero donde sus abuelos mientras que María Emilia pasa conmigo. Yo me volví obsesiva con los gérmenes, me llené de nuevos miedos y siento que relegué mucho a mi pequeño.

María Emilia se ha convertido en una adorable intrusa para su hermano ya que ella le roba la atención de sus papás, pasa mucho en los brazos de mami y todos se preocupan cada vez que llora… y llora a cada rato! Además, le parece una niña aburrida porque no juega con él, no coge los juguetes que le presta y tampoco le responde cuando le habla. No importa lo que hiciéramos para pasar tiempo con él, ya nada volvería a ser como antes.


En fin, creo que la maternidad es un aprendizaje constante y siempre sentiremos que podemos hacer más por nuestros hijos. Estoy muy agradecida por la paciencia de mi compañero de aventuras porque este viaje me resulta impensable sin su apoyo. 

lunes, 28 de agosto de 2017

Quiero decirte que no estás sola...



Hace tiempo yo monitoreaba medios de comunicación y por mucho tiempo mi psiquis se vio afectada por la crónica roja. Las violaciones hacían parte recurrente de la sección judicial y, dependiendo la víctima, a veces eran solo notas para llenar la página. Lo triste es que nunca pasaba de ser una historia que moría al cerrar el diario. Al día siguiente aparecería otra. 

Hay ocasiones en que las personas involucradas no pertenecen a los barrios suburbanos y, por ello, tienen mayor repercusión en redes, medios y hasta se organizan manifestaciones públicas de apoyo. Y hay personas que prefieren callar. No tenemos idea del número de duros silencios que se viven. 

Cómo denunciar un acto si la víctima será culpabilizada por estar bajo efectos del alcohol, por dejar entrar al agresor a su casa, por vestirse y bailar de una manera provocativa, porque no pudo ejercer la soberanía sobre su propio cuerpo.

Cómo denunciar si no puede soportar la vergüenza. Cómo denunciar si ya es duro sentir las miradas de reproche y lástima de las personas de los presentes. Cómo denunciar si no recuerda lo que ocurrió. Cómo denunciar cuando traicionaron tu confianza.

Y así, cada mañana abre los ojos pensando que solamente fue un mal sueño y que seguramente ya despertará. Se mete a la ducha tratando de que el agua que corre limpie su cuerpo… pero hay una mancha que no se quita. Llega al trabajo y busca bloquear sus pensamientos con las actividades diarias, tratando de dilatar la jornada para no volver a casa y enfrentarse a sus demonios. 

Solo quiero decirte que no estás sola. Siempre hay alguien (tu familia, tus amigos) para ayudarte a recoger los pedazos de tu alma que se han roto. Tomando tu mano para despertar de ese sueño que no acaba. No hay motivos para esconderse bajo una roca pues no tienes por qué llevar tu rostro avergonzado. Solo el tiempo ayudará a sanar por dentro para tener el chance de amar(te) de nuevo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Entre la violencia y la demencia...

Escribo a los tiempos para contarles una historia que, tristemente, es de la vida misma. Ayer volvíamos a casa con mis dos Pochos (papá e hijo), eran las 19h30 más o menos y el gordo estaba molesto porque le habíamos cortado el pelo (cosa que detesta) y ya era su hora de comida. 

En media calle había un grand cherokee parado y dos hombres conversaban cómodamente. Mi esposo hizo luces pero no se inmutaron, pitó ligeramente y el tipo que estaba parado hizo una pose para evidenciar que estaba muy a gusto. Me bajé del auto y les pedí que, por favor, se movieran porque tenemos un bebé. Les valió madres. Mi esposo se enojó y pitó con fuerza, entonces los tipos se bajaron del vehículo a intimidarnos. No les importó que el bebé lloraba desesperadamente porque se asusta con los gritos. 

Como había pasado algún tiempo, se formó una fila en la calle y varios vehículos empezaron a pitar y, por presión social, decidieron abrir el paso. Debo confesar que mi esposo y yo tuvimos la misma reacción: bajar la ventanilla y gritarles, él les dijo imbéciles y yo les menté a la madre. Ante eso, nos lanzaron una botella de vidrio que se estampó en la parte posterior del auto. 

Hasta ahí, uno pensaría que llega al límite de la locura. 

No conforme con esto, el conductor del vehículo invadió el carril de zona azul, se paró transversalmente para impedirnos el paso mientras que su copiloto se acercó caminando a golpear el vehículo con sus manos. Cambió el semáforo y con una maniobra logramos salir y continuar pero no contábamos con que nos iban a seguir hasta la casa. Cuando entramos al parqueadero, nos gritaron e insultaron. Resta anotar que el pobre Juanjo estaba al borde de la alferecía. 

Hasta ahí, uno pensaría que esta situación ya es de locos. 

Hubiera querido que las cosas acabasen ahí pero no! Cuando parqueamos el auto, el guardia del edificio bajó a indicarnos que un hombre (este hombre) estaba en la puerta pidiendo que salgamos (para qué? no sé!). Le pedimos que les despache y que, por favor, llamara a la policía. Frente a nuestra negativa, el hombre amenazó con hacernos daño y que como ya conocen nuestra casa debemos tener cuidado porque van a estar rondando por ahí. No le importó, en absoluto, que las cámaras del edificio registren toda la escena. 

Hasta ahí, definitivamente nos encontramos con la demencia. 

Esperemos que la historia termine aquí, pese a que tenemos placas y videos no tenemos la confianza para iniciar un proceso judicial. Quisiera saber en qué momento nos volvimos - todos - tan violentos, tan intolerantes y tan dueños únicos de la razón. Los muy intocables. A veces le veo a mi hijo y me da temor porque el mundo al que le hemos traído me llena de decepción y desesperanza pero su sonrisa, su mirada inquieta y curiosa me impiden perder mi fe en la humanidad. 

La moraleja de esta historia, eso es que los padres tenemos el deber moral de formar mejores personas que nosotros. (Sí, eso implica no bajar la ventanilla a mentarle a la madre de nadie, no importa cuán imbécil sea). 

jueves, 24 de noviembre de 2016

Bienvenido el tercer piso!

(Un post con muchas, muchas, muchas fotos!)

Hace una década me era impensable la idea de llegar a los treinta. Lo veía tan lejano, casi como el final de la vida. Así es uno de joven!


Tengo que confesar que no estoy donde soñaba estar. Pensé que al graduarme iba a estudiar mi maestría fuera del país y empezaría a recorrer el mundo con una mochila en la espalda. Alemania era un país donde aspiraba comenzar esta aventura. Matrimonio y familia nunca estuvieron en el mapa. Hasta que, claro, una se topa con el amor de su vida y lo cambia todo!

A los 25 años me casé y dejé de soñar sola. Empezamos a hacer planes para visitar el mundo, tomados de la mano. Llegamos a Europa, visitamos Alemania y vivimos el Oktober Fest. Estudié mi maestría (a 8 cuadras de mi casa) y mi tesis fue dedicada a los dos hombres a quienes más amo en el mundo. Celebré mi cumpleaños 29 en el hospital por amenaza de parto prematuro pero todo salió bien y Juan José nació a tiempo, sano y lindo (en la medida de lo que se puede con los guaguas recién nacidos).


En el trayecto, he conocido a grandes personas. He ido des-cubriendo amigos, unos se han instalado para quedarse mientras otros se han marchado. Es fantástico regresar a ver y encontrar ahí, incondicionalmente a la familia. Esa familia propia y la que llaman política pero que es la familia compartida. Han sido mi roca (y mi fuente de mimos) en los momentos de debilidad.


En lo laboral puedo decir que he tenido muchas experiencias que el currículum jamás podrá expresarlas. He tenido buenos jefes y dos jefas admirables, un ejemplo para mí. Los retos han sido un fantástico aprendizaje y aunque el cansancio me gana a veces porque es duro conjugar trabajo con el tiempo para mi hijo. Pero mi profesión es un arista importante en mi vida, eso sí, su prioridad está por debajo de mi familia.

Qué siento? Extraño mucho mi vida social! A mis 28 estaba celebrando mi cumpleaños con una chiva que terminó en farra hasta el amanecer. Esta vez, quisiera salir a un concierto de la Sinfónica o a cenar con el hubby pero mi corazón se parte con la sola idea de contratar una niñera.


Sé que el tiempo seguirá pasando y lo veré reflejado en los cumpleaños de mi hijo que serán más importantes que los 25 de noviembre. Sé que mi esposo, en su afán de engreírme siempre (y su infinito amor que me demuestra hasta en mis ratos de mal humor) no parará de ayudarme a cumplir mis sueños de viajar, crecer profesionalmente aunque, a partir de ahora, eso implique cargar la pañalera.

Con todo esto, solo puedo decir... Gracias vida por tanto! Y... bienvenidos los treinta!

jueves, 20 de octubre de 2016

Ni una menos


Este país está lleno de personas que están en contra de los que están en contra y en contra de los que están a favor... Siempre hay debates tan profundos como lo pueden permitir 140 caracteres. Cuando salió a la luz la campaña #NiUnaMenos en conmemoración a una joven de 16 que fue brutalmente agredida y asesinada, apareció paralelamente la campaña #NadieMenos.


Antes de comenzar a explicar por qué apoyo totalmente a la campaña #NiUnaMenos, quisiera aclarar que defiendo el derecho a la vida ajena y a que cada quién haga de su vida lo que le convenga, mientras no afecte a los demás. La violencia de género es una realidad del día a día que forma parte de nuestra estructura mental por lo que ya las consideramos consideramos normales, o incluso, "halagos". La violencia de género no es solamente una estadística de asesinato ni se soluciona con que todos los discursos digan "todas y todos".

Quisiera contar mis experiencias como mujer respecto a la violencia de género que la he vivido desde chiquita (más chiquita).
  • La primera vez que me "mandaron mano" (quisiera decir que fue la única) tenía 14 años y estaba con el uniforme de mi colegio. Caminaba por la Alameda y un hombre me agarró el trasero, volteé a ver - muy confundida - y me guiñó el ojo y puso su dedo en su boca para que no hiciera escándalo. Me senté a llorar en la vereda. 
  • En la universidad las insinuaciones no faltaron. Misteriosamente me convertí en ayudante de algunos profesores y debía pedir a mis compañeros de clase que fueran conmigo a las reuniones porque me sentía inquieta yendo sola. 
  • Vengo de una familia donde todavía debía "pedir permiso" para salir y debía dar reporte completo de con quién y a qué hora regreso. Mi hermano, ocho años menor, no necesita cumplir todo este protocolo. 
  • Al salir a farrear con mis amigas, siempre había la elegida para que "nos cuide" por si nos excedíamos en tragos (estamos en todo nuestro derecho) que nadie se aproveche de la situación. 
  • Diez años atrás me juré que nunca iba a permitir a nadie manipularme para hacerme sentir culpable por celos enfermizos. Lo hice porque viví una relación así. Mi novio de entonces, me llamaba apenas salía de clases y hablaba conmigo por celular hasta que llegaba a casa, me llamaba al teléfono convencional para asegurarse que era verdad y luego podía seguir con su vida. Él me dejó. 
  • Luego, empezamos la vida laboral. Cuando fui a pedir mi primer trabajo en un call center, me pidieron presentar una prueba de embarazo como requisito para el puesto. No diré más al respecto. 
  • En uno de los empleos que más amé y al que entregué alma, corazón, tiempo y vida, el jefe de mi jefe corrió la bola que yo me quedaba hasta tarde "haciendo horas extras" con mi jefe, dañando la imagen de ambos. Nunca vio en mi una profesional ni mi trabajo ni tampoco el hecho que nunca cobré horas extras. Tuve que empezar a llevar trabajo a casa hasta que salí de esa institución porque no soportaba el acoso. 
  • En el siguiente empleo, tuve la oportunidad de un ascenso. Siempre quedó la duda de por qué ascendí, muchos dijeron que era por mi trasero. Al final, renuncié. 
  • A las reuniones de trabajo me gusta presentarme elegante y formal pero en más de una ocasión he sido recibida con "acho, quién manda esto", "así para recrear la vista" y miradas o acercamientos incómodos. A veces siento que ni siquiera prestan atención a lo que digo. 
  • Me casé a los 25 años y tuve las críticas por "sucumbir a las instituciones sociales tradicionales" (estuve en la Escuela de Sociología) pero también muchas felicitaciones porque me "hice" de un buen marido (es un buen marido, sin duda). 
  • Por último, cuando decidimos tener una familia tuve que enfrentarme al hecho de un cambio en mi vida personal y profesional. En lo personal, he llenado el blog de post. En lo profesional, ha sido difícil tratar de respetar los horarios de lactancia, negarme a hacer viajes que impliquen pernoctar fuera de casa, esconderme para sacarme la leche o hacerlo mientras almuerzo y llevarme trabajo para hacerlo una vez que he puesto a dormir al bebé. Afortunadamente mi jefa me apoya muchísimo y, al ser mujer, no existen rumores idiotas sobre por qué soy su favorita. 

Soy mujer, hija, esposa, madre, profesional... Y quiero tener el derecho de vivir plena y libremente sin temor a convertirme en una estadística más... Mientras las condiciones no cambien y sigamos viviendo la violencia en la cotidianidad, me adscribiré a las iniciativas que promueven la equidad. Así que #NiUnaMenos.


martes, 16 de agosto de 2016

Curioso elemento el tiempo...

Hasta hace poquito más de seis meses, contaba mi vida en semanas y las últimas 8 se convirtieron en eternas! Luego, empezamos a contar en meses y los tres primeros se diluyeron como hielo en el verano quiteño... Luego, con el regreso a trabajar, las ocho horas de trabajo se han vuelto siglos que no terminan hasta que llego a casa y estoy con mi gordo (o con mis gordos cuando el hubby está en casa).

Las noches que jugamos juntos en el baño, cuando leemos cuentos haciendo todos los sonidos de animales, las mañanas que le despierto cantando a mi pajarito, los cinco minutos más de vagancia mientras vemos las noticias y tomamos el pecho... Son apenas suspiros que no quisiera que terminen. Pero terminan.

Una no llega a dimensionar cuánto amor puede caber en el pecho. Cómo una sonrisa puede iluminar el mundo y un llanto, romper el corazón. Hace un año, no pensé que podría amar a alguien de esta manera porque inunda, lo llena todo... desde la memoria del celular con mil fotos y videos hasta el último pensamiento de la noche.

A veces me siento culpable porque cada mañana salgo de mi casa con la pañalera y el coche del auto y tengo que dejarlo (aunque sé que en casa de los abuelitos está super bien cuidado) para volar al trabajo con el tiempo justo y en la garganta un nudo. Simplemente lo extraño desde que le doy la bendición y mi beso de despedida.

Hay muchas versiones respecto a las madres trabajadoras. Algunos estudios mitigan mi conciencia porque muestran que a los pequeños les va bien en la vida cuando han sido hijos de mujeres que trabajan. La cuestión es que hoy por hoy, la alternativa de dejar el trabajo es un lujo que ni papá ni yo podemos darnos. Solo espero que nuestro gordito nos entienda y nos perdone por el tiempo que no estamos.



viernes, 20 de mayo de 2016

Tengo una mami lechera, no es una mami cualquiera...

* Contenido explícito, no apto para personas sensibles*

Como ahora soy monotemática en las conversaciones y post (Solo se refieren a Juan José), he hablado con mujeres que ya son mamás y una de las cosas que más me ha llamado la atención es la posición que tienen respecto a la lactancia. Para muchas ha sido una experiencia traumática e incómoda por varios factores: 

  • Dolor en las chichis: Dar de lactar puede ser doloroso porque el bebé agarra, aplasta, hala y lastima los pezones. Yo intenté prepararme para esto desde el embarazo utilizando un cepillo dental durante mis duchas hasta que agarraron la consistencia de chupón! Salvo las molestias iniciales, no sufrí como cuentan muchas mujeres. 
  • Aumento de tamaño de copa: Siempre me he quejado de la falta de delantera, el embarazo y la lactancia me han quitado ese complejo. Soy muy feliz luciendo el nuevo escote (mientras dure esta etapa) y usando blusas "abre-fácil" para dar de comer al pequeño cuando le de ganas. 
  • Los sitios públicos: Cuando el hambre llama, no hay mucho que podamos hacer con los bebés porque nos lo hacen saber a los gritos. Si son de las que optaron (o fueron obligadas por el pediatra) por la lactancia exclusiva, no tienen otra opción que sacar la chichi y enchufar al guagua. Debo confesar que esto me ha resultado incómodo porque el exhibicionismo no es lo mío y tiendo a sonrojarme cuando hay mucha gente mientras debo dar de lactar. En todo caso, hay pañuelos o pañales de tela que se ponen en el pecho durante el proceso y nadie tiene por qué ver más allá.
  • Olor a leche 24/7: Si eres una mami lechera no te salva nadie de oler a leche todo el día pero con un bebé en casa hay que acostumbrarse a constantes fluidos - propios y ajenos - en la ropa y el cuerpo. La leche es lo que menos me preocupa. Es necesario usar protectores o recolectores para evitar que la leche manche la ropa, con eso basta!
  • Cuidar las comidas: Esto es una de las cosas más difíciles para mí porque soy un tractorcito comelón (y la lactancia me permite comer todo lo que pueda sin subir de peso!). Todo lo que entra en mi organismo se va a la leche y le paso al Juanjo y con el método de prueba - error me he dado cuenta que hay cosas que le sientan fatal como la leche, el maní y la fanesca. Evidentemente, mi consumo de café y alcohol sigue restringido y, de vez en cuando, los extraño a ambos. 
  • Angustia extrema: Lo que realmente ha sido muy duro de esta etapa es la duda. Al ser mi primer bebé tengo muchas inquietudes respecto a su alimentación, salud y desarrollo. En muchas ocasiones pensaba que mi leche no era suficiente y que le dejaba con hambre, esto desembocaba en llanto de lado y lado (aparentemente, en este año he llorado muchísimo) pero con paciencia y serenidad, tengo lo necesario para darle de comer al Pochito y armar el banco de leche que ha servido mucho ahora que regresé a trabajar. 

Esto de la lactancia, así como toda la maternidad, requiere de mucho amor y paciencia (de esta última he tenido que aprender a la brava). Se trata de una etapa nueva con muchas decisiones que tomar, muchos momentos de crisis y miles de consejos no pedidos o juicios no deseados. Al final del día, lo único que importa es que mamis y pochis hagan lo que sientan que les va bien. (Ese es mi consejo no pedido).




domingo, 24 de abril de 2016

Los Pochitos...

Seguramente, si escribía este post hace un mes, hubiera llenado de lágrimas el teclado. Cuando me dijeron que esto de ser papás no era fácil, me mintieron! Cuando me dieron un bodoquito de menos de 50 cm. flaco como un palillo, totalmente frágil y que solamente puede comunicarse mediante el llanto... Se me unió el cielo y la tierra. Con todo el amor que teníamos, ser padres resultaba aterrador!



Han pasado dos meses y medio desde el nacimiento de Juan José y siento que cada día me enamoro más del pequeñito que ahora parece el muñequito Michellin. Ahora me gruñe, balbucea, gorjea y así podemos pasarnos horas en "conversaciones" que terminan en un loco abrazo o beso cada vez que me sonríe. Qué puedo decir? Es mi juguete precioso. 

Lo más lindo de todo, ha sido llegarnos a conocer tanto en tan poquito tiempo. Amo como él sonríe cuando me oye llegar a la habitación en la que se encuentra, cómo me mira y se sujeta a mi pecho mientras come y cómo disfrutamos dormir abrazados cuando llora en la madrugada. Sí, yo también sé (leí, me dijeron, me recetó el doctor) que no es bueno acostumbrarlo a los brazos, que hay que establecer horarios para la comida, que hay que dejarlo llorar y bla, bla, bla pero saben qué... Esos pucheros me doblan la voluntad. 



Sé que mi vida jamás será la misma y me entristece haber perdido a quienes yo consideraba que eran mis amigos. Supongo que ya no estoy en el carril izquierdo. Ahora tengo que planificar detalladamente (ver la hora, verificar pañal, organizar pañalera, ajustar la silla del auto, guardar las llantas del coche) hasta una salida al supermercado. Durante estas semanas, apenas tengo tiempo para bañarme y lavarme los dientes, ya no he podido maquillarme y arreglarme pero mi Pochito me ve como la más linda del mundo. 

Cuando estaba a punto de dar a luz, pensaba en lo difícil que sería alejarme del trabajo por tres meses. Tengo conmigo la computadora de la oficina pero no la he abierto sino en contadas ocasiones. Valoro cada segundo con mi pequeño y, viendo tan cerca mi retorno al trabajo, no puedo evitar enlagunarme los ojitos. Lastimosamente, yo también voy a entender lo que siente el papito cada vez que tiene que despedirse para ir a trabajar. 



Creo que ya pasamos lo más duro... al menos hasta que se vuelva un adolescente mutante... 


De la entrevista, al ghosteo!

Hoy estoy triste. No hay una forma graciosa de decirlo ni algún eufemismo que me ayude a suavizar este sentimiento. El 30 de junio entré ofi...