Esto de la cuarentena nos golpea a todos y con dos pequeños demonios, cada día hay una nueva historia que contar.
Pongamos las cosas en contexto, yo soy una mamá de tiempo completo pero, por lo general, tengo ayudas externas: el enano va a la escuelita, una señora (muy querida) nos ayuda con en la casa y, los abuelitos de mis gordos son super acolitadores. En tiempo de cuarentena, toda la ayuda foránea desaparece!
Papá, por otro lado, tiene que seguir trabajando. Aunque lo hace desde casa y eso ayuda en las crisis, yo debo controlar a los pequeños para que no lo alboroten mientras está atendiendo reuniones virtuales. No sería bien visto que sus colegas oigan gritos de "No le pegues a tu hermana!", "Bájate de ahí, te vas a caer del mesón!", "Por favor, no lamas el piso" y una serie de etcéteras.
Hemos hecho una rutina diaria: levantarnos, desayunar, hacer actividades manuales con goma, pinturas y demás cosas que generan desastres, comer fruta, seguir jugando, almorzar, hacer una actividad en la cocina (engordaremos, lo sé), ver una hora de tele (debo confesar que es mi actividad favorita), bañarnos, cenar y dormir.
Hoy hicimos manualidades, como siempre, y luego intenté limpiar un poco la casa. El Jota me dijo que se iba a lavar los dientes y le pedí que me ayude lavándole también a su hermana. Ambos se fueron a jugar al baño y permanecieron ahí por más de 10 minutos. Fue hermoso y escalofriante. Desde el pasillo podía oír su risa y el agua correr y, aunque estaba inquieta, aproveché para seguir peroleando; luego le pedí al papá que fuera a espiar y regresó sin novedades.
Pude terminar de trapear, lo cual ya era una victoria. Pero la alegría del pobre dura poco. De pronto, escuché un grito desesperado de "Mamaaaaaaaaaá" que rompió toda la calma. Corrí a toda velocidad y me encontré un cuadro de terror:
- Emilia con una mezcla de risa y llanto, metida en el lavabo del baño (solo Dios sabe cómo llegó ahí) y con el agua (fría) corriendo. Mojada de pies a cabeza, con zapatos incluidos!
- Juan José muerto de risa, con la camiseta mojada. (Más bien, hecho sopa!)
Cuando pregunté qué pasó, el Jota me dijo que le quería bañar a la ñañita. Y la Emilia solo me dijo, "mami, achachay". Supe que no tendría más información ni más remedio, agarré los dos paquetes, los llevé a la cama, quité la ropa, envolví como tamalitos en las cobijas hasta ver nueva ropa y a trapear el piso.
Luego me arrepentí por no haber capturado el momento con la cámara pero me ganó la angustia y la necesidad de quitarles todo lo mojado. Debo confesar que a veces me vuelvo loca con estas travesuras pero amo la complicidad que comparten este par y confío que mantengan este vínculo por siempre.
miércoles, 18 de marzo de 2020
lunes, 16 de septiembre de 2019
Proceso de entrenamiento: Mamá de tiempo completo
Cuando inicié este blog, pensé que escribía para ustedes y me fijaba tanto en las estadísticas. No obstante, desde hace algún tiempo atrás, se ha convertido en un espacio para ordenar mis ideas y dejarlas volar, desamarrar los nudos en la garganta y liberarme de cargas innecesarias.
Han sido algunos meses de una lucha interna muy fuerte, desde el embarazo, las hormonas me jugaron en contra. Hay días buenos en los puedo reírme hasta que duele la panza y vuelve a salir el sol pero hay otros en que la depresión intenta ganar la batalla. Sin duda, me carcomía la idea de volver a trabajar tiempo completo y reducir a dos horas diarias el tiempo con mis gorditos.
Eso sí, ser mamá lactante y trabajadora es jodido. Si bien mi jornada era de 6 horas, la carga de trabajo se mantuvo intacta solo que yo tenía dos horas menos para resolverla (A veces, no podía ni levantarme al baño!). Todo esto, acompañado de comentarios como "ya tuviste 3 meses de vacaciones, encima quieres medio tiempo", "ya te has de ir a dormir al lactario", "qué rica vida la tuya, nosotros sí trabajamos" y la perla mayúscula "desde ahora solo vamos a contratar hombres".
En fin, estábamos a pocas semanas del fin de mi licencia y todavía no había tomado una decisión. Tenía miedo, coraje, pena, estaba totalmente perdida. Por un lado, el hubby me pedía que acompañe a mis pequeños en esta etapa para guiarles y compartir con ellos. Por el otro lado, estaba mi deseo de crecer profesionalmente en un ambiente ya me resultaba conocido.

Luego de muchas noches de insomnio, el 2 de septiembre presenté mi renuncia voluntaria e irrevocable para emprender el proyecto más importante de mi vida: cuidar y ver crecer a mis hijos. Con cada actitud que he enfrentado, estoy más convencida que fue la mejor decisión!
Uno de los momentos más dulces y especiales fue cuando le recogí a mi gordo del recorrido en la tarde, no puedo describir su carita. Me vio y con la mirada iluminada empezó a saltar y gritar: "Es mi mami! Es mi mami! Estoy taaaan emocionado!" y luego se bajó y se colgó de mí como un monito capuchino.

Estoy aprendiendo a ser mamá de tiempo completo, estoy aprendiendo a lidiar con el síndrome de abstinencia de correos, mensajes, llamadas, y demás. Sin embargo, todo se compensa con un montón de besos babosos, golosinas que preparamos en minga, abrazos de oso que llegan sin pedir, muchos mimos de mi hubby y todo el amor de mis papis que me consienten y no me dejan desmayar jamás.
Con todo eso, si alguna vez se me nublan los ojos, mi chiquito me toma de la mano y me dice: "Mami, no estés triste. Yo te cuido". Y yo... me vuelvo invencible.
viernes, 23 de noviembre de 2018
Felices 32!!!
Estoy a puertas de cumplir 32 años y aunque este año no habrá una gran fiesta porque esos tiempos quedaron atrás, sí tengo que reconocer que hay muchos motivos para celebrar.
Empecemos por mí. Todos los días las estrías en la panza y la lucha por entrar en los jeans, me recuerdan que este cuerpo ha tenido la fortaleza y la bendición de traer al mundo a dos niños sanos y maravillosos. Qué más da que mi talla sea la misma de mi edad!
Yo me veo en el espejo y señalo las manchas en la cara, las ojeras bien marcadas y la calvicie que me ha producido la lactancia; sin embargo, hay unos ojos enamorados que me miran y me dicen: “Estás hermosa”. Se me estremece el corazón.
Nos hemos ido quedando solos en el proceso, hemos perdido interacción con adultos sin hijos, hemos reservado nuestros fines de semana para parques y centros de juegos. Ahora son pocos los amigos que nos quedan pero son de esos que valen la pena, que no tienen miedo de abrazar, que no juzgan, que quitan los miedos, que nos hacen reír de nosotros mismos. Esos de los buenos!
Y como uno vuelve al lugar en que más amó y más le amaron, hemos vuelto a compartir tiempo con la familia. Ya “viejota” y sigo necesitando los abrazos de papá y mamá que curan todo, pidiendo su consejo porque ellos de ya vivieron lo que nosotros estamos aprendiendo y contando con el apoyo constante de esa familia que no es política sino ya es propia.
En 32 años he tenido tantas bendiciones: salud para disfrutar de esos besos babosos, de esas risas sin dientes, de una cena silenciosa cuando los niños duermen; paz porque mis hijos son cuidados y mimados por sus abuelos (y quien fue mi nana); amistades llenas de complicidad y cariño.
Hay mucho por aprender, hay mucho por recorrer así que vengan otros 32 más!
jueves, 30 de agosto de 2018
El milagro de la vida
El nacimiento de Juan José tuvo un lado A y un lado B porque fue largo y doloroso. María Emilia, en cambio, apenas y me dio tiempo a quejarme. Luego de varias amenazas, ella decidió que se impondría desde el día de su nacimiento.
El día que me iban a inducir el parto, nos levantamos y nos encomendamos a Dios, nos preparamos, llevamos a Juan José a la guardería y fuimos al hospital. El médico me había mandado a tomar una pastilla que facilitaría las cosas y yo seguí las instrucciones al pie de la letra.
Nos instalamos en la habitación a ver el partido Polonia - Senegal, intercambiando comentarios respecto al fracaso de la "polla mundialista" y pidiendo a mi mami que traiga algo de comida de contrabando. Con el pasar del tiempo, empezaron las molestias y las contracciones pero como no era mi primer bebé, pensé que esto sería más fácil y menos doloroso. (Spoiler alert: No lo fue!)
A medio día, empecé a darme de botes en la habitación porque el dolor se volvió más intenso. Recordé todos esos videos de mujeres que empiezan a bailar mientras están en labor de parto pero yo no podía ni levantarme, así que las odié. Pasada la 1 de la tarde sentí que me llevaba la huesuda! Los doctores aseguraban que todavía no era tiempo y que deberíamos esperar unas horas. (Spoiler alert: Ya era tiempo!)
La cosa es que me iban a hacer el favor de ponerme la anestesia para quitarme el sufrimiento pero María Emilia tenía otros planes y decidió empezar su nacimiento en el ascensor, por ahí entre el segundo piso y la planta baja. Al darse cuenta de eso, se desató el caos: el conductor de la camilla iba atropellando a cuanta persona se le cruzaba para poder llegar a la sala de partos, los médicos gritaban y el papá que corría detrás casi se atrasa al alumbramiento porque tenía que cambiarse de ropa.
Desde mi perspectiva (acostada en la camilla) todo era una locura: los gritos, las bruscas maniobras del camillero, la furia desatada de mi esposo, la ausencia de mi médico de cabecera y yo tratando de contener a María Emilia para que no nazca en frente de todo el mundo.
Afortunadamente, la contuve lo necesario para que su papá pueda verla nacer y tomarla en brazos para amarla toda la vida. Desde ese día de junio nuestra familia, al fin, estuvo completa.
El día que me iban a inducir el parto, nos levantamos y nos encomendamos a Dios, nos preparamos, llevamos a Juan José a la guardería y fuimos al hospital. El médico me había mandado a tomar una pastilla que facilitaría las cosas y yo seguí las instrucciones al pie de la letra.
Nos instalamos en la habitación a ver el partido Polonia - Senegal, intercambiando comentarios respecto al fracaso de la "polla mundialista" y pidiendo a mi mami que traiga algo de comida de contrabando. Con el pasar del tiempo, empezaron las molestias y las contracciones pero como no era mi primer bebé, pensé que esto sería más fácil y menos doloroso. (Spoiler alert: No lo fue!)
A medio día, empecé a darme de botes en la habitación porque el dolor se volvió más intenso. Recordé todos esos videos de mujeres que empiezan a bailar mientras están en labor de parto pero yo no podía ni levantarme, así que las odié. Pasada la 1 de la tarde sentí que me llevaba la huesuda! Los doctores aseguraban que todavía no era tiempo y que deberíamos esperar unas horas. (Spoiler alert: Ya era tiempo!)
La cosa es que me iban a hacer el favor de ponerme la anestesia para quitarme el sufrimiento pero María Emilia tenía otros planes y decidió empezar su nacimiento en el ascensor, por ahí entre el segundo piso y la planta baja. Al darse cuenta de eso, se desató el caos: el conductor de la camilla iba atropellando a cuanta persona se le cruzaba para poder llegar a la sala de partos, los médicos gritaban y el papá que corría detrás casi se atrasa al alumbramiento porque tenía que cambiarse de ropa.
Desde mi perspectiva (acostada en la camilla) todo era una locura: los gritos, las bruscas maniobras del camillero, la furia desatada de mi esposo, la ausencia de mi médico de cabecera y yo tratando de contener a María Emilia para que no nazca en frente de todo el mundo.Afortunadamente, la contuve lo necesario para que su papá pueda verla nacer y tomarla en brazos para amarla toda la vida. Desde ese día de junio nuestra familia, al fin, estuvo completa.
Nuevos miedos y un poco de culpa
Mi segundo embarazo ha sido un torbellino de emociones, esto se
remonta al día en que recibí los resultados de la prueba de embarazo. No esperábamos
esa noticia por temas laborales, familiares y personales. En fin, creía que no era el mejor momento. Inmediatamente, comencé
a mortificarme por pensar así.
Todo el proceso fue durísimo porque tuve muchos estragos, tenía que atender a mi hijo de un año y poco quien todavía quería que mami le haga “upa”, esto terminó con mami hospitalizada un
par de ocasiones. Recuerdo que estaba cansada todo el tiempo, no quería salir ni socializar, tampoco organicé el baby shower de María Emilia porque me ganó la fatiga, dejamos la decoración del
cuarto para última hora y eran muy pocos los espacios que tenía para hablar con ella en mi pancita.
Juan José, por otro lado, empezó a sentir las consecuencias del cansancio y ansiedad de sus papis. A saltos y brincos ingresó a la guardería (antes de lo que habíamos planificado) para que tenga oportunidad de socializar con otros niños antes de la llegada de su hermanita. Le costó mucho adaptarse porque pasó de ser el “centro del universo”, mimado y consentido por todos, a ser un niño más de la lista.
Lastimosamente, mi pequeña se nos enfermó al mes de nacida y tuvimos que estar unos días en el hospital, al parecer, Juan José le había contagiado el resfriado y teníamos que mantenerlos separados. Él enfrentó un nuevo cambio, salió de la guardería y empezó a pasar el día entero donde sus abuelos mientras que María Emilia pasa conmigo. Yo me volví obsesiva con los gérmenes, me llené de nuevos miedos y siento que relegué mucho a mi pequeño.
María Emilia se ha convertido en una adorable intrusa para su hermano ya que ella le
roba la atención de sus papás, pasa mucho en los brazos de mami y todos se preocupan
cada vez que llora… y llora a cada rato! Además, le parece una niña aburrida
porque no juega con él, no coge los juguetes que le presta y tampoco le
responde cuando le habla. No importa lo que hiciéramos para pasar tiempo con él, ya
nada volvería a ser como antes.
Todo el proceso fue durísimo porque tuve muchos estragos, tenía que atender a mi hijo de un año y poco quien todavía quería que mami le haga “upa”, esto terminó con mami hospitalizada un
par de ocasiones. Recuerdo que estaba cansada todo el tiempo, no quería salir ni socializar, tampoco organicé el baby shower de María Emilia porque me ganó la fatiga, dejamos la decoración del
cuarto para última hora y eran muy pocos los espacios que tenía para hablar con ella en mi pancita.Juan José, por otro lado, empezó a sentir las consecuencias del cansancio y ansiedad de sus papis. A saltos y brincos ingresó a la guardería (antes de lo que habíamos planificado) para que tenga oportunidad de socializar con otros niños antes de la llegada de su hermanita. Le costó mucho adaptarse porque pasó de ser el “centro del universo”, mimado y consentido por todos, a ser un niño más de la lista.
Lastimosamente, mi pequeña se nos enfermó al mes de nacida y tuvimos que estar unos días en el hospital, al parecer, Juan José le había contagiado el resfriado y teníamos que mantenerlos separados. Él enfrentó un nuevo cambio, salió de la guardería y empezó a pasar el día entero donde sus abuelos mientras que María Emilia pasa conmigo. Yo me volví obsesiva con los gérmenes, me llené de nuevos miedos y siento que relegué mucho a mi pequeño.
María Emilia se ha convertido en una adorable intrusa para su hermano ya que ella le
roba la atención de sus papás, pasa mucho en los brazos de mami y todos se preocupan
cada vez que llora… y llora a cada rato! Además, le parece una niña aburrida
porque no juega con él, no coge los juguetes que le presta y tampoco le
responde cuando le habla. No importa lo que hiciéramos para pasar tiempo con él, ya
nada volvería a ser como antes.
En fin, creo que la maternidad es un aprendizaje constante y siempre sentiremos que podemos hacer más por nuestros hijos. Estoy muy agradecida por la paciencia de mi compañero de aventuras porque este viaje me resulta impensable sin su apoyo.
lunes, 28 de agosto de 2017
Quiero decirte que no estás sola...
Hace tiempo yo
monitoreaba medios de comunicación y por mucho tiempo mi psiquis se vio
afectada por la crónica roja. Las violaciones hacían parte recurrente de la
sección judicial y, dependiendo la víctima, a veces eran solo notas para llenar
la página. Lo triste es que nunca pasaba de ser una historia que moría al
cerrar el diario. Al día siguiente aparecería otra.
Hay ocasiones en
que las personas involucradas no pertenecen a los barrios suburbanos y, por
ello, tienen mayor repercusión en redes, medios y hasta se organizan
manifestaciones públicas de apoyo. Y hay personas que prefieren callar. No
tenemos idea del número de duros silencios que se viven.
Cómo denunciar
un acto si la víctima será culpabilizada por estar bajo efectos del alcohol,
por dejar entrar al agresor a su casa, por vestirse y bailar de una manera
provocativa, porque no pudo ejercer la soberanía sobre su propio cuerpo.
Cómo denunciar
si no puede soportar la vergüenza. Cómo denunciar si ya es duro sentir las
miradas de reproche y lástima de las personas de los presentes. Cómo
denunciar si no recuerda lo que ocurrió. Cómo denunciar cuando traicionaron tu confianza.
Y así, cada
mañana abre los ojos pensando que solamente fue un mal sueño y que seguramente
ya despertará. Se mete a la ducha tratando de que el agua que corre limpie su
cuerpo… pero hay una mancha que no se quita. Llega al trabajo y busca bloquear
sus pensamientos con las actividades diarias, tratando de dilatar la jornada
para no volver a casa y enfrentarse a sus demonios.
Solo quiero
decirte que no estás sola. Siempre hay alguien (tu familia, tus amigos) para ayudarte a recoger los pedazos
de tu alma que se han roto. Tomando tu mano para despertar de ese sueño que no
acaba. No hay motivos para esconderse bajo una roca pues no tienes por qué llevar tu rostro avergonzado. Solo el tiempo ayudará a sanar por dentro para tener
el chance de amar(te) de nuevo.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Entre la violencia y la demencia...
Escribo a los tiempos para contarles una historia que, tristemente, es de la vida misma. Ayer volvíamos a casa con mis dos Pochos (papá e hijo), eran las 19h30 más o menos y el gordo estaba molesto porque le habíamos cortado el pelo (cosa que detesta) y ya era su hora de comida.
En media calle había un grand cherokee parado y dos hombres conversaban cómodamente. Mi esposo hizo luces pero no se inmutaron, pitó ligeramente y el tipo que estaba parado hizo una pose para evidenciar que estaba muy a gusto. Me bajé del auto y les pedí que, por favor, se movieran porque tenemos un bebé. Les valió madres. Mi esposo se enojó y pitó con fuerza, entonces los tipos se bajaron del vehículo a intimidarnos. No les importó que el bebé lloraba desesperadamente porque se asusta con los gritos.
Como había pasado algún tiempo, se formó una fila en la calle y varios vehículos empezaron a pitar y, por presión social, decidieron abrir el paso. Debo confesar que mi esposo y yo tuvimos la misma reacción: bajar la ventanilla y gritarles, él les dijo imbéciles y yo les menté a la madre. Ante eso, nos lanzaron una botella de vidrio que se estampó en la parte posterior del auto.
Hasta ahí, uno pensaría que llega al límite de la locura.
No conforme con esto, el conductor del vehículo invadió el carril de zona azul, se paró transversalmente para impedirnos el paso mientras que su copiloto se acercó caminando a golpear el vehículo con sus manos. Cambió el semáforo y con una maniobra logramos salir y continuar pero no contábamos con que nos iban a seguir hasta la casa. Cuando entramos al parqueadero, nos gritaron e insultaron. Resta anotar que el pobre Juanjo estaba al borde de la alferecía.
Hasta ahí, uno pensaría que esta situación ya es de locos.
Hubiera querido que las cosas acabasen ahí pero no! Cuando parqueamos el auto, el guardia del edificio bajó a indicarnos que un hombre (este hombre) estaba en la puerta pidiendo que salgamos (para qué? no sé!). Le pedimos que les despache y que, por favor, llamara a la policía. Frente a nuestra negativa, el hombre amenazó con hacernos daño y que como ya conocen nuestra casa debemos tener cuidado porque van a estar rondando por ahí. No le importó, en absoluto, que las cámaras del edificio registren toda la escena.
Hasta ahí, definitivamente nos encontramos con la demencia.
Esperemos que la historia termine aquí, pese a que tenemos placas y videos no tenemos la confianza para iniciar un proceso judicial. Quisiera saber en qué momento nos volvimos - todos - tan violentos, tan intolerantes y tan dueños únicos de la razón. Los muy intocables. A veces le veo a mi hijo y me da temor porque el mundo al que le hemos traído me llena de decepción y desesperanza pero su sonrisa, su mirada inquieta y curiosa me impiden perder mi fe en la humanidad.
La moraleja de esta historia, eso es que los padres tenemos el deber moral de formar mejores personas que nosotros. (Sí, eso implica no bajar la ventanilla a mentarle a la madre de nadie, no importa cuán imbécil sea).
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