Hace muchos años escuchaba música clásica en viejos casetes
cuyo paradero hoy me es desconocido. Cuando tenía oportunidad, miraba a los
violinistas como pequeños muñequitos de cuerda con movimientos tan perfectos que
emanaban un sonido tan vibrante como canto de sirena. Poco a poco quise
involucrarme en la música pero mi única
oportunidad sería con un instrumento ya que no fui bendecida con el don del
canto, por eso soy el terror de los karaokes.
Tuve una serie de
intentos frustrados para entrar en clubes de música tanto en la escuela como en
el colegio, por eso me dediqué a algo para lo que era realmente buena… meter
lata! Y así me involucré en Congresos, Concursos de Oratoria, Libro Leído y
demás. Pero sentía que algo me faltaba. De modo que, cuando ya fui lo
suficientemente grandecita (superé el metro y medio) para solventarme mis
gastos, me compré un violín y empecé a tomar clases con una profesora alemana
que tenía paciencia de santo.
Si bien el
trabajo me permitía costearme este pequeño hobby, la vida de estudiante y
proletario apenas me dejaba tiempo para
practicar unas pocas notas que sonaban a gato atropellado. Sin embargo, me
propuse continuar y así aprendí mi primera melodía “Alle meine Entchen” que es
una versión alemana de “Los pollitos”. También aprendí a solfear y pude rendir
con honores mi examen final que fue un recital con niños de menos de diez años
en donde toqué “La Primavera” de Vivaldi.
Ahora que
empezamos la mudanza a nuestro nuevo hogar, he tenido que deshacerme de muchas
cosas. Algunas con valor sentimental, otras quizá significaron algo en el
pasado pero hoy son solamente papeles amarillos y otras que son solo una
muestra de lo malgastado que era el dinero en los años de universidad como por ejemplo, mi hermosa y extensa colección de etiquetas de
cerveza.
Pero, sin duda,
uno de los objetos que tuvo la despedida más difícil y emotiva fue mi viejo violincito
de colores. El pobre estuvo almacenado durante más de tres años en la repisa
más alta de mi closet y hoy por fin volvió a ver la luz del sol y a emitir ese
hipnótico y vibrante sonido con sus desafinadas cuerdas. La repartición fue
rápida, al azar y sin la presencia de un notario. Solo espero que mi pequeño amigo
llegue a buenas manos y haga feliz a alguien como en su tiempo me hizo a mí.
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